CAMBIO
CONSTITUCIONAL Y CULTURA POLÍTICA NACIONAL: EL NUEVO ESCENARIO PARA LA
CONSTRUCCIÓN REPUBLICANA EN COLOMBIA
POR:
JAIME ALONSO CALERO SANZ*
RESUMEN
A finales del siglo XX en Colombia, a casi
dos siglos de vida independiente (Bicentenario), se consolida un proceso
político que da pie a la estructuración de un ordenamiento jurídico político
más moderno, en términos de desligarse
de las ataduras de la configuración elitista y confesional decimonónica de la
política, que constituyeron las bases que se perpetuarán en el siglo
siguiente en nuestro sistema político.
La nueva situación posibilita, de manera formal, el reconocimiento e inclusión
de sectores sociales que, desde el comienzo de nuestra vida independiente no
habían podido participar en la toma de decisiones. Se crean formalmente las
bases para una verdadera construcción republicana, para la formación de
ciudadanos con las suficientes virtudes cívicas para estar atentos al quehacer
de la política, con la disposición para tramitar los conflictos, propios de la
formación democrática, utilizando las vías y los canales institucionales y
actuando en aras de la promoción de los valores sociales comunes. En el trasegar del sistema sociopolítico,
después de dos décadas del cambio constitucional en el desarrollo de la
política en Colombia, se observa que el
peso de la tradición de la enraizada cultura política, no ha permitido el
verdadero empoderamiento de la constitución política de 1991 en su aspecto
participativo, aspecto que sustentaría una agencia ciudadana Vigilante de los
asuntos públicos, en la cual podrían
estar las bases para superar nuestras dificultades en materia de organización
política.
PALABRAS CLAVES:
Elitismo, confesionalismo, exclusión
política, reconocimiento político, tolerancia, cultura política, liberalismo,
republicanismo, virtudes cívicas.
Introducción
La realidad política nacional se presenta
ante los ojos del ciudadano común como una entidad desorganizada y caótica, en
la cual los sujetos que se dedican al ejercicio del poder en las instituciones
del Estado no poseen las virtudes cívicas y políticas que deben
caracterizarlos, son permanentes las acusaciones y juzgamientos sobre peculado,
malversación de fondos púbicos y un carrusel de contratos en los cuales se
desangra el erario público, sin que se
lleven a cabo las obras públicas que podrían mitigar y/o solucionar muchos de
los problemas que aquejan a la población; situación esta que ha dado lugar a un
tipo de relaciones específicas de ese ciudadano común con las instituciones de
poder y con la definición de los marcos generales en los que se inscribe la
actividad política, generando en cierta medida apatía, resentimiento e
impotencia ante la instrumentalización de las instituciones con fines privados;
en el caso particular de nuestro país, que ha sido catalogado como una de las
democracias más sólidas del subcontinente, se demuestra que la elección de los
gobernantes siguiendo las reglas procedimentales de la democracia
representativa no son la condición que garantiza el funcionamiento cabal de la
misma. Al referirse al problema de la inestabilidad política en Latinoamérica,
Alain Rouquié plantea que “…entre 1958 y 1984 solo cuatro estados [entre ellos
el nuestro] tuvieron una sucesión regular e ininterrumpida de gobernantes
civiles elegidos conforme a las reglas constitucionales, lo cual no significa
que en todos los casos se trate de democracias ejemplares” (Rouquié, 1989,
110).
La recurrencia al legalismo a través de
las reformas constitucionales, como fórmula para solventar las permanentes
crisis por las cuales atraviesa el sistema político, surte el efecto de
presentar la salida que, “como fórmula mágica” ha de preservar la unidad
nacional y corregir el rumbo, lo que, en efecto, resulta completamente inocuo
frente el gran problema de corrupción existente. Es indiscutible que esto ha
condicionado el quehacer de los sujetos de Estado y la visión que el ciudadano
tiene de los mismos.
El presente escrito estructura un análisis histórico político de la
problemática de la democracia colombiana, fundamentalmente referido al
desconocimiento de los canales institucionales para la resolución de los
conflictos (virtud cívica y acatamiento de la ley); la satanización del
adversario político promovido desde las mismas instituciones del Estado y por
autoridades políticas, dando pie a que los grupos de extrema derecha, detrás de
los cuales se esconden oscuros intereses ideológicos y económicos, terminen
asesinando cualquier brote de lo que ellos consideran peligroso para la
continuidad del sistema; el recurso de
la violencia como forma de participación política, ante la falta garantías
democráticas y de canales institucionales para la manifestación pública de los
ideales o de las críticas hacia el sistema político imperante; la
flagrante corrupción que ve siempre al
Estado como un botín del cual persistentemente se busca obtener ventajas y
prebendas y la imposición de los intereses particulares sobre el interés
general en las instituciones del Estado e incluso en los comportamientos
cotidianos de las actividades civiles.
En un análisis
más pormenorizado que procure rastrear el inicio de esta problemática se
percibe que esta situación se deriva desde la misma conformación del Estado en
la época pos independentista, dado el carácter de nuestra
conformación política constitucional de enraizada tradición elitista,
confesional, bipartidista, representativa y excluyente, que merced a la evolución
particular que ha tenido nuestra historia se ha perpetuado, sin permitir la
estructuración de un orden político diferente, más moderno y proclive al
respeto por el otro, al reconocimiento político y la aceptación de las
diferencias. Solamente en las últimas
décadas del siglo XX se presenta una situación atípica, y que por lo mismo
amerita la revisión y análisis de sus consecuencias, respecto de la forma a
través de la cual se estructura la sociedad y el Estado desde el ordenamiento
constitucional, pues en el nuevo carácter de la construcción
política se presentan posibilidades para la generación de un cambio, dado que
se propicia el reconocimiento de grupos y sectores sociales tradicionalmente
marginados y excluidos de participación política y se abren mecanismos a través
de los cuales los ciudadanos pueden incidir en la toma de decisiones, en
un marco general de reconocimiento de
derechos individuales y colectivos; situación ésta que puede ir en la vía de la
superación de la situación precedente, en la conciliación de los intereses
particulares con el interés general en el que ambos salgan fortalecidos, sin ir
uno en desmedro del otro, aunque habría que reconocer, para el caso particular
de la realidad colombiana, las dificultades que en este proceso puede tener y
tiene el peso de la tradición y del tipo o modo de cultura política imperante.
En el cambio constitucional más importante
de finales del siglo XX en Colombia (la constitución política de 1991), se
puede observar un carácter novedoso en su elaboración, ahora partícipe de un
mecanismo diferente a la tradicional manera elitista de efectuarlo, pues solo
eran los congresistas los únicos que podían efectuar la reforma constitucional;
ahora se presentó la conformación de una Asamblea Nacional Constituyente, que
permitió la intervención de variados sectores organizados de la sociedad civil,
muchos de ellos tradicionalmente marginados de su participación política que
ahora lograrán visibilizarse y luchar en el escenario político por su
reconocimiento; esto permite que se puedan al presente generar las
posibilidades de construcción de un país diferente que podría dar cabida a otra
forma de ciudadanía (deliberativa),[1] de
libertad (como no dominación)[2] y
de sistema político democrático incluyente y participativo; no obstante el peso
que tiene la tradición de la cultura política nacional, elemento que puede
convertirse en el principal obstáculo para que la consolidación de una
estructura política diferente cobre vigencia histórica.
En el marco político constitucional precedente que data desde los
finales del siglo XIX, el marcado carácter representativo de la democracia no
daba lugar a que la población pudiese intervenir en los destinos del país, pues
el constituyente derivado (Congreso) era
la única entidad de carácter decisorio, lo cual limitaba la participación
política del ciudadano solo a lo electora, sin mayores posibilidades para
estructurar o construir una manera diferente de relación con las instituciones
y el Estado.
Los elementos señalados anteriormente
necesariamente le plantean retos a una verdadera construcción política
republicana en Colombia, pues si bien el estatuto formal cambia, los hábitos,
mentalidad y maneras de actuar en el escenario político no se transforman de un momento a otro y los
ciudadanos no han sido preparados para
asimilar el cambio, el cual puede propiciar, desde los marcos en los cuales se
construye la democracia participativa, que asuman un rol activo en los asuntos
públicos, que conmine a los gobernantes, vía veeduría participativa ciudadana,
a ejercer el poder en favor del interés general y en la estructuración de una
coherente cultura cívica que preserve los elementos comunes que le dan forma a
una sociedad verdaderamente organizada desde los intereses generales, sin que
ello implique el menoscabo del desarrollo del interés particular o de la
libertad que debe tener el hombre moderno. Como marco analítico es importante
tener en cuenta las doctrinas de la filosofía política contemporánea, referidas
al debate entre liberales y comunitaristas, respecto al peso que debe tener la
libertad o los elementos comunes que definen la convivencia social, además de
la emergencia de la postura republicana que ha cobrado nuevamente vigencia en
los estudios políticos contemporáneos.[3]
EL MODELO LIBERAL
En el panorama político de las sociedades
actuales resulta evidente el triunfo y consolidación de los regímenes
liberales, en los cuales los ciudadanos están atentos del respeto por sus derechos individuales en
los marcos de una economía de mercado y gobernados por un sistema democrático
representativo, en el cual debe presentarse el equilibrio de poderes, como
fórmula para evitar el autoritarismo de los gobernantes y permitir el
desarrollo estable de la sociedad, garantizando de paso las condiciones de suficiente
libertad para que sus asociados puedan realizar sus propios proyectos de vida.
En la búsqueda de esta defensa, se le hacen unas exigencias a las instituciones
y al orden legislativo vigentes, lo cual necesariamente le impone cotas a la
actuación del Estado, quien debe asumir una posición neutral en su tarea
fundamental de la defensa del interés general, pues en ningún momento se
aceptaría la imposición de alguna doctrina comprensiva de bien. Por lo regular
el peso de lo político estatal es menor que el desarrollo de la esfera
individual y por ende el papel que le asignan los individuos a la esfera
política, donde confluye lo público común,
es minimizada, por el rol que juega en el desarrollo de lo individual y
más bien tiende a instrumentalizarse en función de lo mismo. Esta forma
dominante de estructuración política condiciona y determina la actuación de los
sujetos sociales en los diferentes contextos, siempre en la búsqueda de sus
intereses particulares, aunque habría que destacar que ello se hace en los
marcos de un sistema social que determina muchos modos o maneras de
relacionarse con la estructura socio cultural a la que se pertenece, aunque
muchos liberales de corte libertarista no estén de acuerdo.
Como reacción al
modelo anterior y partiendo de su crítica con relación a las condiciones de
miseria, desigualdad y explotación generados y asentado sobre la defensa de los
derechos sociales, económicos y culturales para toda la sociedad, se
conformó en las primeras décadas del siglo XX, enfrentado al anterior, el
sistema socialista, que promulgaba una forma organizativa diferente de la
sociedad, del Estado y de la economía y que ponía el acento específico en la
defensa de la igualdad, antes que la libertad y que por lo mismo prescribía
para sus ciudadanos una forma y un tipo de vida específicos, dando lugar a unas
transformaciones radicales para la sociedad y para el mundo, llegando a
producir una polarización por lo diametralmente opuesto de ambos sistemas, lo
que conduciría a los acontecimientos de la llamada “guerra fría”, a los
movimientos contrarrevolucionarios, incluso a la reforma de algunos postulados
del liberalismo económico, con relación al papel del Estado en el desarrollo de
la economía y del bienestar de sus asociados, como fórmula para contrarrestar
el avance de las corrientes socialistas por el mundo y a la eclosión de un
sinnúmero de movimientos en diferentes partes del mundo que propendían pos la
propagación de este modelo como forma organizativa para una sociedad más justa.
En el momento actual este sistema ya no
representa, como en épocas anteriores, una gran amenaza para la democracia
liberal, por la disolución de los regímenes dominantes de este tipo en el
escenario internacional, no obstante su conservación en algunos (pocos) lugares
del planeta. Dadas las anteriores circunstancias, estaríamos abocados, en las
sociedades occidentales, a tener que sobrellevar o al menos entendérnoslas en
el mundo contemporáneo con la unilateralidad de la formación sociopolítica
dominante actual, en la que se ha impuesto el desarrollo de los intereses
particulares, blandiendo como bandera la defensa irrestricta de la libertad,
haciendo que el escenario social se haga cada vez más individualista, egoísta y
utilitarista, sacrificando en ocasiones el sentido de lo social y del
desarrollo de una humanidad más justa, equitativa y solidaria, para con
aquellos sujetos sociales que enfrentan las desventajas de su propia condición.
Aquí lo social y los intereses generales que deben ser el ideal de la actuación
del Estado, ante la flagrante corrupción, parecerían que no tuvieran doliente y
que solo el discurso y la retórica política manejada por la clase política sea
la esperanza de redención para muchos, lo que en la práctica solo se queda en
el discurso, aumentando la brecha social y la desigualdad.
El liberalismo como doctrina ha tenido, en
su proceso de desarrollo y consolidación, que batallar por el establecimiento
de regímenes que propenden de manera irrestricta por la defensa de los derechos
y libertades fundamentales de los individuos, quienes deben alcanzar a
desarrollar, dentro de esos marcos, los máximos niveles de su autonomía;
aspecto que se ve controvertido por el descuido de parte de la sociedad que,
por motivos de desigualdades no pedidas puede quedar desprotegida, sin mayores
niveles de mejora de su situación, pues el Estado debe permanecer neutral y
garantizar el máximo desarrollo de la libertad individual, ante esto surgen
posturas defensoras del corpus social, planteando que a éste debería asignársele
un mayor peso. Uno de los aspectos que particularmente le dio un talante
singular moderno a esta formación es el referido a la secularización de las
relaciones políticas, en lo que fue la separación de las dos potestades que, en
la época pre moderna estuvieron muy unidas: la iglesia y el Estado, en donde
mediaba el elemento de legitimación del “derecho divino de los gobernantes”.
Elemento éste que va a tener un peso específico en la conformación político
constitucional en los Estados latinoamericanos, dada la tradición colonialista
que se perpetuará en el esquema de las nacientes repúblicas independientes,
ante la carencia de instituciones civiles lo suficientemente extendidas y
reconocidas que sirvieran de acicate para generar la unidad nacional, ante lo
cual tocó acudir a la religión como fuente de legitimación, con las
infortunadas consecuencias para la polarización de los imaginarios políticos
cuando se presenta la llegada de las ideas liberales.
Si existe un rasgo que ha convertido al liberalismo en
una doctrina novedosa y merecedora del mayor reconocimiento, éste es el
referido a su compromiso con los derechos individuales…la visión liberal ha
sido habitualmente identificada con el dictado de “declaraciones de
derechos" [además de] la lucha
emprendida por muchos liberales con el objeto de separar a la iglesia del
Estado: la idea, entiéndase, era la de impedir que algún grupo o mayoría
circunstancial impusiera sus propias creencias sobre aquellos individuos que
sostenían convicciones diferentes. (Gargarella, 2005, 176)
Va a
ser el triunfo de la razón modernizadora la que va a establecer las bases sobre
las cuales se estructure el nuevo modelo de organización política, en donde se
retoma la forma de organización política democrática, pero ya en el sentido
representativo, que en si mismo se constituye en una traba para el ejercicio
de la autonomía y soberanía política del
constituyente primario (el pueblo), puesto que la soberanía pasa a ser ahora de
competencia exclusiva del constituyente derivado (el congreso) que, en el deber
ser de la estructura política, es el representante de toda la nación y hacia el
cual no puede existir, según las normas procedimentales de la democracia,
ningún tipo de control ni conexión con aquellos sectores políticos y sociales
que decían representar cuando todavía no eran poder efectivo en las
instituciones del Estado, se prohíbe el “mandato imperativo”, esto con el
objeto de impedir injerencias indebidas en aquellos que son los representantes
de toda la nación y que no deben ser los representantes de unos cuantos. Este
aspecto se constituye en un problema que la democracia moderna no ha podido
superar, el cual resulta más recurrente
en la violación de dicho principio sobremanera en las sociedades latinoamericanas[4].
Hablando de los debates en la Asamblea
Constituyente Francesa de 1791, Bobbio destaca el triunfo de quienes defendían
que una vez el diputado era elegido se convertía en representante de la nación
y ya no en representante de los electores, por lo cual quedaba exento de algún
mandato particular “El mandato libre, expresión incuestionable de la soberanía,
fue transferido de la soberanía del rey a la soberanía de la asamblea elegida
por el pueblo. Desde entonces la prohibición del mandato imperativo se
transformó en una regla constante de todas las constituciones de democracia representativa” (Bobbio, 1996, 31)
Como reacción frente al excesivo
individualismo y atomización de
intereses que fomenta el liberalismo, se presenta una nueva teoría a comienzos
del siglo XX, para defender a la comunidad y a la sociedad de cara a los nuevos
problemas ético políticos de nuestro tiempo (multiculturalismo, reconocimiento
de las diferencias, derechos sociales, etc.) , conformándose de esta manera la
filosofía política comunitarista,
la cual tiene de presente la prioridad de la comunidad en la definición de los
individuos y de la justicia en el sistema político. Los representantes más
destacados del comunitarismo (Charles Taylor, Michael Walzer, Alasdair
MacIntyre y Michael Sandel), sustentan la necesidad de replantear a los
clásicos del liberalismo desde una perspectiva comunitarista, que sin abandonar principios liberales como
la libertad, la igualdad, los derechos y la justicia, supere la visión
individualista en la construcción de un nuevo sujeto social y cooperativo,
defendiendo la justicia distributiva y una posición ética, política y
económica, en la cual el contexto social es relevante. Se destaca la idea
aristotélica del hombre como animal social que no puede auto realizarse por
fuera de la comunidad
Para el
comunitarismo el individualismo distancia a los sujetos y los deja por fuera de
la política, para esta postura el conocer la estructura permite conocer las
potencialidades humanas y saber cómo
realizarlas; la estructura permite también establecer los principios de la
justicia distributiva, que pueden ser diferentes en diversos momentos de la
historia de una misma sociedad o para sociedades diferentes. Para un sistema
político democrático es importante ser considerado como un bien social y no
solo el instrumento de la realización de fines e intereses particulares; aquí
el conocimiento de las necesidades reales de la sociedad es fundamental para la
redistribución, descentralización o autogestión de los recursos. Es evidente
que en las democracias modernas son los grupos y no los individuos los actores
fundamentales del quehacer político, de allí que sea primordial tener en cuenta
la diversidad de grupos existentes dentro de una sociedad para determinar las
políticas que permitan el desarrollo armónico de la misma.
Uno de los
aspectos más destacados en las discusión entre el liberalismo y el
comunitarismo es el de la autodeterminación del sujeto y la neutralidad del
Estado frente a ella, que permita los mayores niveles del desarrollo de la
libertad que para los primeros adquiere su peso específico en la ejecución de los diferentes proyectos de vida buena que
quieran llevar a cabo los individuos, debiendo contar con libertades y derechos
que hagan posible dirigir sus vidas acorde con sus preferencias; los segundos
por su parte, proponen la implementación de una política del bien común, en
donde el Estado debe alentar las formas de vida correctas y desalentar las
equivocadas, aquí la valoración de la comunidad adquiere preponderancia en la
determinación del sujeto, “la forma de vida de la comunidad constituye la base
para una valoración social de las concepciones de lo bueno, y la importancia
que se concede a las preferencias de un individuo depende del grado en que
dicha persona se adecue o contribuya a este bien común”, (KIMLICKA, 1995,
228). Así pues, la pretendida
neutralidad del Estado liberal no podría presentarse en su totalidad, puesto
que el ideal de comunidad estaría en la base de su deber ser.
Si analizamos
la realidad sociopolítica de los pueblos latinoamericanos y en particular el
nuestro, en donde los niveles de desigualdad y discriminación han sido altos
desde el comienzo de la historia, observamos que en el tiempo presente se hacen
cada vez más evidentes las demandas de los grupos subalternos, que han sido
obviados del reconocimiento de derechos y libertades en el contexto del sistema
político, que si bien se sustenta en una política liberal, también es cierto
que el reconocimiento y el respeto hacia muchos sectores de población y
en diferentes contextos ha sido demasiado tardía y se ha presentado de manera
tortuosa y difícil, en algunos casos violenta, dado el complejo carácter que
tiene la conformación de la unidad política, en especial en aquellos lugares en
donde se han mantenido significativos niveles de desigualdad social, política y
económica. En el peor de los casos el reconocimiento no se ha presentado
todavía o, si se ha dado, este es de carácter parcial. En gran medida el
liberalismo ha fracasado en el tratamiento que le da a las identidades
colectivas, que pese a todo se han mantenido al interior del corpus social,
pero que de hecho han sido invisibilizados, privados de derechos y de
posibilidades reales de ascenso socio económico y reconocimiento político. A
pesar de que el mundo de hoy es evidentemente multicultural, siguen prosperando
posturas que asumen los fundamentalismos religiosos o nacionalistas, amén de
los conflictos causados por las migraciones entre países y los conflictos étnicos,
que marcan el rechazo hacia el diferente y causan que al interior del corpus
social, se presente el no reconocimiento
y el ejercicio de la violencia con el diferente.
El
individualismo moderno es, sin lugar a dudas, “posesivo”. El sentimiento hacia
la propiedad individual se agudiza y se hace excluyente con la prosperidad.
Cuesta aceptar lo que es distinto, esa diversidad que hemos venido en llamar
“cultural”. No aceptamos que se adore a dioses que no son los nuestros, que las
costumbres ajenas se mezclen con las nuestras, que lo inusual pase a ser
legítimo y normal, que otros invadan el terreno que nos pertenece a nosotros y
no a ellos, que nos arrebaten el poder que nosotros conquistamos. De algún modo
no queremos reconocer que somos iguales, pese a que, desde hace por lo menos
cuatro siglos la máxima “todos los hombres son iguales” ha sido el punto de
partida de muchos otros derechos aceptados.
(CAMPS, 2002, 263).
En
la sociedad contemporánea, en donde supuestamente se ha trasegado en la
construcción de un comunidad más humana, sobre la base de los principios de
libertad igualdad y fraternidad, el respeto por las diferencias de todos los
seres humanos y el reconocimiento de un ámbito multicultural, todavía siguen
prosperando, merced al desarrollo del individualismo posesivo, posturas que
tienden a la exclusión y discriminación de aquellos sectores conservan ciertas
diferencias dentro de la estructura; a pesar de la secularización de las
relaciones prosiguen los enfrentamientos religiosos y en consecuencia las
luchas por alcanzar el debido
reconocimiento.
HACIA LA CONSTRUCCIÓN POLÍTICA
NACIONAL
Los problemas actuales de la democracia en Colombia respecto al
funcionamiento de sistema político, particularmente de los actores que ocupan
los altos cargos de poder y su vocación de servicio en la defensa de los
intereses generales y, de otra parte, al
reconocimiento e inclusión de amplias capas de la población, con relación a su
participación política, se derivan desde la misma conformación política
constitucional y a la cultura política imperante de marcada tendencia elitista,
blanca, machista, católica, bipartidista, con unos medios de socialización
puestos al servicio de la reproducción de un sistema que se perpetúa en el
tiempo y que utiliza la violencia para no permitir una transición democrática;
no obstante, los movimientos sociales han trabajado en la vía de superar dicha
situación y a finales del siglo XX se logra de manera formal un cambio que va
en la vía visibilizar los actores que no habían tenido la posibilidad de
participación política, con lo cual se
abren los marcos de un sistema más plural y más amplio, que podría
desembocar en la construcción republicana que tanto necesita nuestro país.
La concepción del pueblo propia de las élites
políticas colombianas, ha tendido históricamente y sobre todo en el siglo XX, a ser
peyorativa. Una visión marcadamente jerárquica de la sociedad les ha llevado a
diferenciarse tajantemente de lo popular, de las “clases inferiores”, sobre las
cuales se sienten llamadas a ejercer una tutela espiritual. Las élites
colombianas se han considerado a sí mismas como depositarias únicas de los
valores de la tolerancia, de la mesura, de la razón, es decir, de la
“civilización”. Con el pueblo se asocian en esta visión el desborde de las
pasiones, el caos, la anarquía y la incivilización. (LOPEZ DE LA ROCHE, 1990,
147 Y 148).
En el caso de
los países latinoamericanos y en Colombia en particular cuyo objeto es el tema central de la
reflexión que se desarrolla aquí, se observa que, además de los elementos
señalados por Victoria Camps, que hacen parte de la cultura que se genera al
interior del sistema socioeconómico y político, merced al modelo que se
configura como dominante en el escenario de las sociedades occidentales
modernas; para nuestro caso, en el ejercicio del poder del Estado, se han
enquistado sectores elitistas que han actuado bajo los registros de sus
intereses particulares, sin permitir la inclusión y reconocimiento de amplios
sectores de la población, que debido a la evolución política e histórica particular que han vivido las
diferentes las sociedades, se han mantenido como grupos o sectores sociales
subordinados, que poco o nada han sido tenidos en cuenta a la hora de la toma
de decisiones o al momento de configurar el desarrollo de políticas públicas
que tiendan en su beneficio y más bien el reconocimiento de sus derechos ha
tenido que pasar por una ardua lucha que en el peor de los casos ha conllevado
al socavamiento estéril de la población.
Las dos últimas décadas del siglo XX en
Colombia han estado marcadas por la implementación de dos grandes procesos que van a transformar la estructura
económica y política de la sociedad y de la organización jurídico política: por
una parte se efectúa un cambio en el manejo económico del Estado, respecto al
modelo que venía implementándose, el cual propende por la liberalización de los
mercados a través de la apertura económica, con miras a que el país entrara en
la era de la globalización; por otra parte, se gesta, merced a las coyunturas
por las cuales atraviesa el país, un cambio en nuestro ordenamiento
constitucional, el cual va a tener una característica bastante sui géneris, que se aparta de la
tradicional manera a través de la cual históricamente se han implementado los
mismos, esta es la primera vez que la sociedad civil en pleno participa en la
elaboración del nuevo texto constitucional, sin que sean exclusivamente las
élites políticas y económicas las que vayan
a determinar los destinos en el nuevo ordenamiento, este elemento da pie a una
activa participación de diferentes sectores de la sociedad civil: académicos,
estudiantiles, sindicales, indígenas, negritudes, grupos guerrilleros recién
desmovilizados, además de los tradicionales partidos políticos, gremios
económicos, la iglesia y otros, lo que necesariamente le imprime un sello
particularmente democratizador e incluyente a la estructuración de los procesos
políticos de la sociedad colombiana en las postrimerías del siglo pasado,
aunque en esto habría que tener en cuenta el peso de la tradición, en lo que se
refiere a la cultura política imperante y al papel de las élites en la
perpetuación de la estructura que favorece solo sus intereses.
Si bien la iniciativa del cambio
constitucional no partió de las élites políticas gubernamentales, sino de los
sectores estudiantiles de las universidades privadas con el acicate del álgido
periodo de crisis de gobernabilidad y justicia por la que atravesaba el país,
si se operó por la parte gubernamental el impulso y organización de la
participación de los diferentes sectores sociales constituidos de la sociedad
civil, que desde hacía mucho venían reclamando espacios de participación y
concertación, que ahora se veían expeditos y que posibilitó que las voces de
aquellos sectores olvidados y marginados históricamente pudieran ahora hacer
sentir su voz, ser escuchados y tenidos
en cuenta, su participación fue muy significativa y los constituyentes elegidos
tuvieron en cuenta muchas de sus propuestas, llama especialmente la atención el
alto número de personas que como individuos participaron en el proceso, lo que
evidencia que el ciudadano del común estaba interesado en los procesos de
cambio políticos que se estaban gestando, al respecto anota Carlos Efrén Agudelo.
Colombia pues entraba en un “periodo constitucional”.
Para los grupos de la sociedad que venían reclamando participación y soluciones
a los problemas nacionales se presentaba la posibilidad de contar con un
espacio de concertación con poder decisorio. En el país se activaron debates,
foros, reuniones y asambleas impulsados fundamentalmente por el gobierno y
organismos no gubernamentales que tenían como bandera prioritaria la necesidad
de abrir a todas las expresiones políticas y sociales mecanismos de
participación en la gestión de los asuntos públicos de orden local, regional y
nacional.(AGUDELO, 2001, 7)[5]
Antes de abordar la problemática de lo que
ha sido el cambio constitucional de 1991, se hace necesario, merced a lo
señalado anteriormente, efectuar una mirada retrospectiva, que nos permita
evaluar el peso de la tradición que nos define políticamente y que, en
consecuencia, determina nuestro posicionamiento ciudadano frente a las
instituciones y al Estado y que hace que los nuevos cambios que se pretendan
hacer en la estructura, no se consoliden de una manera definida y/o no operen,
y sea el continuismo el que sigua imperando en la “evolución” de nuestro
sistema político. Es precisamente nuestro acontecer histórico: colonial,
independentista y republicano el que ha modelado la manera a través de la cual
se va a estructurar la cultura política nacional[6],
en la que se determinan posicionamientos que explican en gran medida el
comportamiento de los ciudadanos para con
la estructura política y las instituciones y el particular esquema de
coexistencia de períodos de orden y violencia en el devenir de nuestra historia,
en los cuales los derechos siempre han sido impugnados por los sectores
sociales subalternos y donde por lo general persistentemente ha existido el
recurso del uso de la violencia como mecanismo de participación política por un
lado y por el otro de la conservación de las posiciones de privilegio.
Para el análisis del caso colombiano, en lo
que se refiere a la construcción de la superestructura política o Estado, debemos considerar que ésta
reviste una caracterización diferente respecto al ideal, ocasionado por la
manera y por los intereses que la conducen y determinan, pues si se considera
que el deber ser o ideal del Estado es la defensa de los intereses
generales, dentro de los marcos de una
política liberal que permita el desarrollo de las libertades y derechos
políticos y jurídicos necesarios para que los diferentes proyectos de vida de
La población puedan llevarse a cabo; para nuestro caso nos encontramos con un
modelo de conformación en el cual el desarrollo de la estructura va a contar
con la instalación de unos intereses elitistas particulares que se van a
demandar para sí la representación de la nación y que van a establecer una
estructura excluyente para con aquellos sectores sociales subordinados, además
de lo socioeconómico, también políticamente. Esta situación necesariamente va a
repercutir sobre las bases que estructuran el comportamiento político de los
ciudadanos del común y su relación con las leyes e instituciones. En este
sentido, el abordaje para la caracterización de la cultura política nacional
debe partir del análisis sobre aquellos elementos que, en la historia política
de nuestro país, marcan las continuidades
que apuntan a la consolidación de
determinados comportamientos políticos, interiorizando en el imaginario de la
población actitudes que tienden a la estabilidad del sistema político
imperante. Las discontinuidades se
presentan en lo fundamental, en aquellos momentos de álgidas coyunturas que
desbordan los marcos del sistema político
establecido y que hacen necesaria una readecuación del ordenamiento
jurídico político, que posibilite la superación de las desavenencias. Todos
estos elementos se respaldan y repercuten sobre las bases en las cuales se
sustenta la cultura política nacional.
El carácter elitista de la formación del
Estado o de nuestra superestructura política (Estado e instituciones), ha calado en el imaginario de los
colombianos determinando que, a pesar de los cambios que desde abajo se han
propiciado en diferentes momentos de nuestra historia, no operen los mecanismos
que procuran estructurar una transformación de la tradicional cultura política
y sigamos inmersos en unas constantes estructurales caracterizadas por los
esquemas de: polarización, apatía, continuismo, satanización del adversario
político y la prosecución del recurso a la eliminación del contrario. No obstante, con el trascendental cambio que se
opera en el contexto político en la última década del siglo XX, las puertas
están abiertas a la estructuración de una cultura política participativa,
incluyente, republicana y respetuosa de las diferencias, aunque habría que
reconocer que ésta todavía está por construir
Si decimos que la formación política en
Colombia es de carácter elitista, es conveniente especificar lo que entendemos
por élite, para ello se retoma el concepto aportado por Wright Mills “… la
élite es una serie de altos círculos cuyos miembros son seleccionados,
preparados y certificados, y a quienes se les permite el acceso íntimo a los
que mandan las jerarquías institucionales impersonales de la sociedad moderna”.
(Mills, 1.975, 52) Visto de esta forma, se puede considerar que dicha élite se
conforma y se estructura aparte del común de la sociedad y crea sus propios
mecanismos de reproducción que garanticen su permanencia en el poder y a la vez
condiciona, desde su mismo estatus político y económico, a la generalidad de la
población, que no participa directamente en la toma de decisiones,
estableciéndose un nexo entre dos de lo que podríamos llamar culturas
políticas: la de élite y la de masas, en donde la segunda queda supeditada a la
primera y a las orientaciones que ésta quiera darle al devenir de los
acontecimientos políticos. Aun así, en el comienzo de nuestra formación como
república encontramos que, respecto a la conformación elitista de la sociedad y
del Estado, en nuestro país no se presentó un acuerdo entre las élites
referente al sistema político que se debía establecer en el país, puesto que
cada sector proseguía el derrotero de sus intereses particulares, en donde no
había cabida para los intereses generales
Los estudios efectuados sobre la historia
política constitucional, no conllevan per
se a la identificación de la cultura política, pero sí se constituyen en el
punto de partida y de referencia para efectuarla; por ello se hace necesario
realizar un análisis de la historia política nacional para identificar la
configuración de nuestra cultura política nacional o al menos establecer las
constantes estructurales de la misma.
LOS
DESACUERDOS ELITISTAS
Si bien es cierto que la caracterización
política puede iniciarse a partir de la época hispánica, con el subsecuente
proceso de dominación colonial e imposición cultural, nos parece más pertinente
abordarla a partir de la época pos independentista, porque es allí en donde
empieza a configurarse un sistema político “nacional”, con todos los tropiezos
y dificultades que se presentan, en donde median un espectro de intereses
contrapuestos, sin la intromisión impositiva de una metrópoli. Es en la época
de la primera independencia, década de 1.810, cuando comienza a estructurarse un sistema político dominado
por élites regionales, entre las cuales existían vínculos de parentesco, aunque
con el agravante de la inexistencia de un consenso, con relación al modelo político
organizativo que debería instaurarse en el territorio, situación que obedece a
los intereses económicos confrontados, en donde: por un lado estaban los
comerciantes, para quienes era de vital importancia el establecimiento de un régimen centralizado
que ayudara a la configuración de un mercado con visos nacionales, en donde los
productos y mercancías regionales pudieran entrar en un concierto económico
ampliado, con mayores posibilidades de desarrollo, todo ello gestionado por una
administración central, con capacidad de convocatoria y con una mando efectivo
en todo el territorio nacional. En contraposición a lo anterior se encuentra
otra corriente económica, que aboga por el establecimiento de un régimen
político federal, este sustentado por aquellos hacendados que habían logrado a
nivel regional, configurar un sistema de dominación, en el cual ellos y sus
familias eran los detentadores tanto del poder económico como del poder
político, constituyéndose en élites regionales que atomizaban el espectro de
mando y de autoridad efectiva en todo el territorio.
Un derecho y una
administración centralizada han sido en todo tiempo y lugar necesidades
mercantiles. Lo eran también para los comerciantes de Santa Fe, uno de cuyos
representantes es Antonio Nariño… Al contrario, los intereses y las normas de
conducta de los hacendados los impulsaron hacia la búsqueda de las autonomías
provinciales, que les garantizaban el control de la vida política local, ya sin
el embarazo de las gentes y oficiales del rey. (Guillén Martínez, 1.979, 267)
En consecuencia, se puede decir que el
establecimiento de nuestro sistema político[7],
en los comienzos de la república, se inicia
con el enfrentamiento entre poderosas posturas económicas, quienes a
partir de sus intereses y de su estatus, pugnan por el establecimiento de un
modelo político acorde con los mismos, aquí la figura del pueblo o la defensa
de los intereses generales no aparece
como gestora de alguna iniciativa de carácter político, sino que se mantiene
sometida a las posibles iniciativas que pueden generar las élites o “patrones”,
quienes además poseen el dominio de la cultura y tienen el suficiente poder
económico como para plantearse en los artífices y directores de la construcción
política nacional.
En este sentido podría hablarse de una
cultura política de élite, detentadora del poder económico, social y cultural,
que defiende un proyecto político acorde con sus intereses, en el que no hay
acuerdo; mientras que la cultura política de masas o popular, permanece a la
deriva, sujeta a los vaivenes que quiera imponerle el liderazgo de élite, que,
para nuestro caso particular, se divide en dos vertientes: las centralista y la
federalista, en las cuales se involucran intereses económicos particulares, que
se acompañan de vínculos de compadrazgo y parentesco, muy presentes en la
sociedad santafereña , a lo cual no escapan las oligarquías regionales, creando
una serie de altos círculos cuya unidad radica en dos factores: la economía y
la sangre y cuya proyección política no tiene otro objetivo que establecer un
sistema político que propenda por la defensa de sus intereses. Para la sociedad
neogranadina Guillen Martínez anota que “los vínculos de compadrazgo y
parentesco político asociaban a las oligarquías latifundistas de Cúcuta, de
Popayán o de Tunja, con los magnates santafereños que ocupaban la posición
central en esa red de poder social”. (GUILLÉN MARTINEZ, 1.979, 282).
Visto de esta forma, la cultura política que
se empieza a forjar en los comienzos de nuestra vida independiente, tiene un
sello particularmente elitista y excluyente que separaba e impedía cualquier
injerencia de los sectores sociales subalternos en los asuntos de la toma de
decisiones, pues eran personas iletradas, carentes de medios económicos de supervivencia
y considerados “inferiores”, por ello en las constituciones de todo el siglo
XIX se crearon requisitos de ciudadanía referidos fundamentalmente estar en la
condición de libertad, saber leer y escribir, ser propietario y tener una renta
anual[8],
lo que de hecho excluía al grueso de la población y restringía la participación
a una mínima parte de la misma.
Observando este elemento en perspectiva para
el siglo siguiente, podemos anotar que esta situación se perpetúa en su sentido
discriminatorio hacia la población popular, así se aprecia en un discurso
pronunciado en el teatro municipal de Bogotá en el año 1928 por el doctor Laureano Gómez, que luego sería
presidente del país y firmante del pacto de Benidorm junto con Alberto Lleras,
que le daría vida al Frente Nacional, refiriéndose a las nefastas consecuencias
del mestizaje para los pueblos latino
americanos, luego publicados con el título “Interrogantes sobre el progreso de
Colombia”.
El mestizo primario no constituye un elemento utilizable
para la unidad política y económica de América; conserva demasiado los defectos
indígenas; es falso, servil. Abandonado y repugna todo esfuerzo y trabajo. Solo
en los cruces sucesivos de estos mestizos primarios con europeos se manifiesta
la fuerza de caracteres adquirida del blanco … El espíritu del negro,
rudimentario e informe, como que permanece en una perpetua infantilidad … el
prodigioso don de mentir es la manifestación de esa falsa imagen de las cosas,
de la ofuscación que le produce el espectáculo del mundo … la otra raza
salvaje, la raza indígena de la tierra americana, segundo de los elementos
bárbaros de nuestra civilización, ha transmitido a sus descendientes el pavor
de se vencimiento. (Martín Barbero y
López de la Roche, 1.998, 124 y 125)
En una sociedad cuyos líderes y dirigentes
políticos tienen esa mirada sobre la composición social y sobre el papel que
puede desempeñar en la construcción política, es poco lo que se puede avanzar
en la formación de una comunidad organizada sobre la base del respeto y el
reconocimiento.
EL
PATRIOTISMO
Hay que destacar que dentro del proceso de
construcción política independentista y pos independentista existe una alta
dosis de patriotismo, el cual actúa en el imaginario político popular como un
elemento catalizador y aglutinante, en torno de los líderes de élite, quienes
les identifican algo que es muy importante en el desarrollo del proceso
revolucionario: La existencia de un enemigo externo: el dominio monárquico
español, y de un enemigo interno: los agentes del primero en nuestro
territorio. Ese fue el nutrimento revolucionario y primer elemento
identificatorio en el desarrollo de la estructuración de la cultura política
“nacional”, bajo un modelo de exclusión política, social y económica de los
intereses de las clases bajas, quienes desarrollan sentimientos de
subordinación, adscripción y obediencia
hacia los grupos directores, quienes a su vez eran sus patrones o amos.
Resulta interesante observar cómo en ese
proceso de construcción política, las reivindicaciones populares o al menos la
defensa de los intereses generales, son
subsumidos en un discurso patriotero, que para nada redime su situación, pero
que funciona perfectamente en el imaginario político de la base y coadyuva al ulterior triunfo político de la élite. La
perpetuación de este esquema ideológico, sustentatorio de las bases sobre las
cuales se empieza a construir el imaginario político de los colombianos, se
observa en lo que fue la historiografía colombiana a finales del siglo XIX y en gran parte del
siglo XX, dominada por el estímulo del patriotismo y de la idealización de los
personajes, resaltando sus virtudes y cualidades - son personajes de élite -, un claro ejemplo
lo tenemos en la “Historia de Colombia” de Henao y Arrubla[9],
el cual sirvió de texto obligado en la enseñanza de escuelas y colegios.
En consecuencia, a nivel de la
educación se observa claramente cómo ese
segundo elemento que ayuda a estructurar la cultura nacional, y entre ella a la
cultura política, lo hace alrededor de la idealización de los líderes patriotas
– sobre quienes recae el inicio de la
construcción de la república -. Este elemento va a tener un refuerzo en gran
parte del siglo XX, representado en otro aspecto: obsérvese cómo en los
billetes del papel moneda de gran parte del siglo pasado se representaban a los
padres fundadores de la república y de la gesta independentista , tan solo en
una moneda de muy baja denominación se apreciaba la figura de un indígena. El
desarrollo de una política del reconocimiento hacia los sectores excluidos de
la población, al menos en lo que se refiere al papel moneda, se presenta de
manera tardía, cuando aparece la imagen de una indígena Embera. Es sólo en las
últimas décadas del siglo XX, cuando se implementa otra corriente de
interpretación teórica en el desarrollo de la historia, la Escuela de Annales,
por influencia de Marc Bloch, Lucien Fevre, Fernand Braudel y Pierre Vilar, en
procura de establecer un sistema más analítico y crítico en el estudio de la
historia, que tomara distancia del etnocentrismo tradicional e incluyera el
estudio de nuevos factores relevantes de la población, sustentando el
desarrollo de la historia de “larga duración” que hiciera posible una mirada
retrospectiva que analizara los elementos no incluidos, esta corriente da sus
frutos en Colombia en las décadas del 70 y 80, con su difusión en las
universidades Nacional, de Antioquia y del Valle.
Otro elemento que refuerza lo que podríamos
llamar el patriotismo, en la
predisposición para la actuación y el entendimiento de la realidad política, se
ve reflejado en la simbología de identificación y unificación nacional,
representada en nuestro himno, el cual resalta a la manera de epopeya la gesta
independentista, exaltando las figuras patriotas y a los padres fundadores, muy
bien representados en el color rojo de nuestra bandera. El día de la
independencia como el comienzo mítico del Estado “nacional” aparece aquí como
la fuente de legitimación ideológica en la construcción del mismo, que ante la
carencia de instituciones y autoridades suficientemente legítimas sobre las
cuales sustentarlo, crea entonces toda una atmósfera de identificación
emocional, reforzada por la retórica del patriotismo, la glorificación del pasado
nacional y el culto a los padres fundadores de la república, elementos estos
que se constituyen en el acicate para la construcción del andamiaje
constitucional colombiano y base sustentatoria de identificación, que unifica
elementos aún contradictorios.
Si la práctica estatal cotidiana resulta ineficaz ante
las expectativas y necesidades del pueblo, el gobierno apela entonces a la
retórica del patriotismo para generar así una atmósfera de identificación
emocional con los padres fundadores dentro de la cual las contradicciones y los
problemas de hoy pueden ser transferidos
del nivel de la realidad al nivel de la ideología despojados así de todo su
potencial bélico. (VALENCIA VILLA, 1987, 57)
EL
CONFESIONALISMO
El
confesionalismo o papel de la iglesia en el desarrollo del acontecer político
nacional es otro de los elementos que se
pueden señalar como constantes estructurales en la formación de nuestra cultura
política. Es la iglesia católica la
única institución que tiene el suficiente reconocimiento y autoridad en toda la
población, además de presencia en todo el territorio, a ella, desde la época
colonial se le delegó la facultad de educar y difundir la “verdadera fe”,
encargo que también le siguió siendo hecho en el periodo republicano, es una institución
con el suficiente dominio económico, ideológico y gran influencia política como
para ser tenido en cuenta en la formación de la unidad nacional.
Para el periodo histórico independentista,
el bajo clero se encuentra ligado a los intereses hacendatarios, situación que
se perpetuará en el futuro, ayudando a entronizar de una manera más efectiva la
ideología y los lineamientos de élite en las masas, en otras palabras, la
iglesia vehiculó la transmisión de los valores sustentatorios de la cultura política
en formación y difundió los elementos que identificaban y hacían causa común en
la lucha contra el sistema colonial y por el fortalecimiento de un nuevo modelo
político, que en nada se diferenciaría para las masas del modelo precedente,
salvo en el cambio de élite política dominante. A pesar de que las coordenadas
de la construcción del nuevo sistema de sociedad, van a tener, en un ala del
mismo, un sentido secular. Con relación a este punto podría decirse que La iglesia católica no corre peligro alguno,
porque dicha institución ha tenido y tiene una posición de dominio y hace parte
de la urdimbre en la estructura social, política e ideológica y son muchos los
réditos que puede seguir obteniendo con un cambio que ya no puede postergarse.
El clero bajo de la región resulta comprensiblemente
asociado con la causa de los hacendados, toda vez que la iglesia y los
eclesiásticos representaban, en este modelo social, una función subordinada
estrechamente ligada a las pautas y normas que permiten la pirámide social de
la hacienda…las casas curales se convirtieron en los centros nerviosos que
condujeron la rebelión desde la cima hasta la base popular. (GUILLÉN MARTINEZ,
1.979, 285)
Era, a través de la iglesia, la vía más
expedita para lograr que el pueblo interiorizara aquellos elementos que las
élites criollas necesitaban desarrollar en el mismo[10].
Una vez consolidado el proceso de la independencia se firma la ley del
patronato eclesiástico, el 28 de julio de 1.824, el cual le otorga a la iglesia
católica la prerrogativa dominante del adoctrinamiento y de la conducción de la
educación , amén de todas los privilegios de carácter económico y social que se
le conceden; la excepción de esta especie de unificación de la iglesia y el
Estado (característica pre moderna) se presentó en el régimen federal (1.853 –
1886), cuando se produjo la separación de las dos potestades (característica
moderna), desde el punto de vista de una postura liberalizante y laica del
Estado. Sin embargo, con el triunfo del movimiento regenerador, en el año de
1.887, se suscribió un concordato entre el gobierno colombiano y la santa sede,
restaurando los privilegios que le habían sido quitados a la iglesia, dándole
al catolicismo la preeminencia de religión oficial del Estado. “El concordato asegura
al Estado colombiano el servicio obsecuente, constante, ubicuo, eficaz e
incansable del clero colombiano como agente socializador, portador de los
viejos valores “hacendatarios” en un medio social que cambia y amenaza con la
desintegración de su modelo” (GUILLÉN MARTINEZ, 1.986, 93)[11] ;
incluso se apela a un principio legitimador del poder político de carácter
feudal, cual es la sanción divina del poder político tal y como reza en el
preámbulo de la constitución de 1.886 “Dios como fuente suprema de toda
autoridad…”
El papel dominante de la iglesia en el
escenario de construcción nacional va a
tener un peso específico en la estructuración de los sistemas políticos
constitucionales latinoamericanos y va a marcar una ruta particular en el
derrotero de los acontecimientos políticos y en las adscripciones políticas de
los ciudadanos. No obstante, para el análisis del caso latinoamericano, y en
particular de nuestro país, es preciso señalar algunos obstáculos que han
determinado evoluciones sui géneris que dificultan en gran medida el
funcionamiento de un régimen político republicano[12],
particularmente referido a las circunstancias históricas que se presentan a
finales del siglo pasado, cuando se efectúa la reforma política que cambia el
estatuto constitucional de mayor duración y estabilidad en el país, en el cual
se presentan condiciones formales para la construcción de un país políticamente
diferente.
La ingerencia de la iglesia en los asuntos
estatales, y especialmente en el manejo de la educación, es un elemento que incide
directamente en la cultura y en el comportamiento político de los colombianos,
dado que la iglesia, desde los mediados del siglo XIX, se alindera con una de los partidos políticos más
tradicionalistas de la sociedad y enfila baterías en contra del establecimiento
de un sistema sociopolítico más liberal, además actúa como elemento
socializador dominante, con suficiente reconocimiento estatal y social, como
para que la población pueda poner en tela de juicio las enseñanzas que imparte
y el adoctrinamiento que impone.
Una de las principales fallas de las medidas
tendientes a la modernización del país y al progreso nacional, con los
principios doctrinarios del Olimpo radical en los mediados del siglo XIX, en el
sentido de secularizar las relaciones políticas, fue el no tener en cuenta el
enorme peso de la tradición de la ortodoxia católica en el imaginario político
de los colombianos, lo que dio como resultado la polarización de las
posiciones, capitalizadas por ambos bandos partidistas, y que desembocó en el
socavamiento estéril de la población y
en la no consecución del consenso y unificación nacionales, antes por el
contrario se generalizó el espíritu de intolerancia, la exacerbación de los
ánimos y la desunión. Así pues, el proceso de formación de una conciencia laica
chocó con el fuerte peso de la ortodoxia
eclesiástica en la vida social y espiritual de la población, que repercute,
como ya se había anotado antes, en el alinderamiento político de los
colombianos. “La principal carencia histórica del liberalismo radical consistía
en que, al no contemplar en sus elaboraciones constitucionales ni en el
desarrollo práctico de su política los factores reales de poder, había sido
incapaz de elaborar una propuesta conducente a la estabilidad, la paz y la unidad
nacional” (LOPEZ DE LA ROCHE, 1.990. 106).
El sentido de la propuesta liberal no podía
ser entendido dado el contexto de la época, en el cual la posición de dominio
siempre había sido del sector conservadurista que veía con recelo la
introducción de elementos con los cuales consideraban podía peligrar la posición de estatus que
siempre habían detentado, además, el reconocimiento de derechos hacia sectores subalternos que podrían
entrar a competir y a ganar espacio en la ya de por sí estructura socio política
elitista y excluyente. Actualmente el liberalismo se ha convertido en una
doctrina de gran reconocimiento, pero el triunfo de sus ideales ha tenido que
combatir en diferentes escenarios y de manera especial en el ámbito
latinoamericano, en donde el peso de la ortodoxia católica en unidad con los
sectores conservadores y tradicionalistas de la sociedad, ha frenado en gran
medida el establecimiento de sus principios.
La conformación de las dos culturas
políticas partidistas en nuestro país en el siglo XIX, las que han definido
políticamente a los colombianos y han marcado el derrotero de sus vidas y de la
historia de la nación, estuvo mediatizada por el espíritu religioso y la
confrontación permanente. El artífice de la paz oligárquica, Rafael Núñez,
inició el proceso de centralización política y descentralización administrativa
a finales de ese siglo, en aras del logro de la unidad nacional, de hecho
resolvió el problema del enfrentamiento elitista con relación al sistema
político (centralistas versus federalistas), pero no logró zanjar las
dificultades violentas entre liberales y conservadores, antes por el contrario
entregó el sistema educativo al ultramontanismo, con todas las implicaciones
nocivas que proyecta en la formación del hombre colombiano, en un ambiente
doctrinario y confesional, que cubre la mayor parte del siglo XX[13].
Al no existir elementos sobre los cuales
estructurar un proyecto de unificación nacional, en 1886, en la construcción de
la constitución política de mayor duración del país, se apela a la religión
como manera de crear y refrendar nuevos vínculos de la sociedad civil con el
Estado en formación. Solamente la iglesia era la única institución que tenía
presencia en todo el territorio nacional y la única con las suficientes bases
ideológicas y de legitimación – que perpetúa a través del proceso de
socialización educativa y moral que le fue encargado- esto hizo que fuera
prácticamente inevitable su mediación en muchos de los asuntos del Estado[14].
El proyecto de modernización y formación de
una conciencia laica, en lo que se refiere a los asuntos estatales, quedó
postergado. La Regeneración actuó como barrera contenedora de los nuevos
cambios y, pesar de que en la República
Liberal en el siglo siguiente se emprendieran una serie de reformas que
contemplaban principios modernizadores, el peso de la tradición que lideró el
conservatismo, no permitió que el proceso fuera ejecutado y más bien la
coyuntura sirvió de acicate para revivir los viejos odios que, a mediados del
siglo XX llegaron a una polarización tal que desencadenó la ola de violencia
más catastrófica del país. Obviamente en ello ayudó enormemente el medio
socializador de la época, cargado de autoritarismo, intolerancia, resentimiento
y desconfianza.
La falta de ese espíritu de tolerancia y
convivencia civilizada, el no respeto por el otro o el diferente ha calado en
la adscripción política del hombre colombiano desde los mediados del siglo XIX,
hasta bien entrado el siglo XX, creando un juego de imágenes y contraimágenes en
la manera de ver a sus adversarios, lo que Fernán González llama comunidad imaginada, destacando las
representaciones que tenían las vertientes partidistas antes del
establecimiento del Frente Nacional, que terminó con la polarización, dando pie
a otra forma de relación política.
“Los liberales se describen a sí mismos como los verdaderos colombianos y los
amigos del progreso, mientras que dibujan a los conservadores como godos… o
serviles… por su parte los liberales son descritos por los conservadores como
rojos y libertinos… mientras que se ven a sí mismos como la gente honesta y
sensata de la nación”[15]
(GONZÁLEZ, Fernán, 1.978, 21 y 22).
El forjamiento de la cultura política
nacional se dio desde el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX al calor de
la contienda: modernidad secularizadora versus continuismo de dominación
oligárquico-tradicionalista; espíritu laico liberalizante versus espíritu
ultramontano, conservador y dogmático. Posiciones éstas que polarizan las
actividades políticas y desarrollan adhesiones cuasi-religiosas de la población
hacia los partidos políticos que actúan como entes de identidad colectiva
creando solidaridades socio políticas que se expresan simbólica o ritualmente.
Si bien es cierto que este espíritu ya no hace parte del entramado de
relaciones políticas entre los ciudadanos colombianos, también es cierto que
todavía acudimos a las secuelas de lo mismo.
Es tal el peso que tiene el confesionalismo
que, pese al reconocimiento de la libertad de cultos y de la pluralidad étnica
y cultural del país en la nueva
constitución política de Colombia de 1.991, siguen existiendo posturas que
actúan en el imaginario de los colombianos, respecto de la manera de hacer
política y del desarrollo de la misma en la sociedad desde una óptica
doctrinaria. En el titular de la primera página del periódico El Tiempo del 16
de mayo del 2.010 se lee “Y Dios entró a la campaña electoral”, nota referida a
la descalificación que se hace de un candidato a la presidencia de la
república, Antanas Mockus, porque alguna vez manifestó en una entrevista que no
era creyente del culto católico, elemento este que cuenta significativamente a
la hora de la elección, a tal punto que señala el diario “El papel que la
religión juega en el imaginario colectivo colombiano es evidente, por décadas
ha sido una de las instituciones más respetadas… [y que según una encuesta
divulgada el 6 de mayo del mismo año se establece que] la iglesia católica es
la octava en favorabilidad ente los colombianos, por encima de la Fiscalía, la
Corte Suprema de Justicia y el Congreso entre otros”[16];
es decir que por encima de la institucionalidad del Estado se encuentra la
institución eclesiástica y el forjamiento de la misma en la comprensión del
entorno político, pues son muchos los siglos a través de los cuales ésta ha
tenido el dominio y la exclusividad en la formación del ciudadano colombiano,
con una alta carga de intolerancia hacia aquellos sectores que consideraba
peligrosos hacia su ortodoxia.
INTEGRACIÓN
POLÍTICA: MODELO DE EXCLUSIÓN
Es conveniente especificar que tanto para la
primera como para la segunda independencia: 1.810 y 1.819, al comienzo de
nuestra institucionalidad como Estado independiente, fue bastante difícil
lograr la integración nacional de los
diferentes sectores de la sociedad, dado el alto nivel de heterogeneidad
racial, la estratificación demográfica y la ausencia de derechos sociales y
políticos para un grueso de la población, además de las diferencias de riqueza
y poder en las diversas regiones de la geografía nacional, con el agravante de
las barreras naturales que incomunicaban las provincias. En el proceso
independentista, la guerra fue el elemento integrador de los pueblos del
subcontinente, alrededor de un objetivo
común: la expulsión de los españoles del territorio americano; pero, una vez
terminada la guerra, el ejército bolivariano pierde su carácter nodal
integracionista, y es a partir de aquí cuando se despliegan las pugnas que al
interior de las élites se desatan entre
civilistas y guerreristas y entre centralistas y federalistas y, ante la poca
eficacia del ejército como estructura de poder, se abren los marcos necesarios
para ejecutar una política de sustentación jurídica sobre el nuevo orden que
debe imperar en la naciente república.
En las sociedades hispanoamericanas de
comienzos del siglo XIX, dado su alto nivel de heterogeneidad y jerarquización
socio política y económica, resultó muy difícil
encontrar una nación unificada sobre la cual construir y estructurar un
Estado conforme a las características de la misma; se hizo necesario entonces,
copiar formas europeas y norteamericanas
de Estado Nacional y Democracia Constitucional, a fin de imponer la
unidad nacional, el orden político y la estabilidad legal. Para el caso
colombiano se hizo fusionando la tradición rousseauniana de Bolívar, con el
legalismo Benthamiano de Santander[17].
Todo ello ayudado por las ideas de
republicanismo y democracia representativa que dominaba el ambiente
prerrevolucionario independentista y que constituían la mitología política de
esos tiempos, gravitantes en torno a París y Filadelfia y con las cuales tenía
contacto la aristocracia criolla territorial y comerciante.
La construcción de la superestructura
política en nuestro país reviste una característica que comparte con el resto
de Latinoamérica, en el sentido de ser una construcción de carácter vertical y
elitista, en donde no media ninguna participación y reconocimiento hacia
amplios sectores de la población, antes por el contrario se legitima la
dominación y desigualdad socio política,
“No había una nación con base en la cual pudiera construirse un Estado y
menos aún constituirse y gobernarse una república. La tarea por hacer, por
consiguiente, era doble: primero, construirse el Estado antes que la nación y
segundo, extraer la nación del Estado” (VALENCIA VILLA, 1.987, 75). La
resultante de este proceso de construcción primero de la superestructura
política antes que la nación, es la crisis frecuente del Estado por la
separación entre la constitución política y la constitución social, en donde el
espacio estatal y la realidad social no coinciden y donde la conflictiva
realidad es definida por el uso de la fuerza y no por la razón del derecho o
las vías institucionales, esta es tal vez la clave para entender el por qué el
modelo político que se construye inicialmente y los subsecuentes son de
exclusión y la tramitación o el arbitrar los conflictos se hace apelando a la
fuerza o la violencia, sin que la normatividad construida opere de manera
efectiva.
La quiebra del régimen colonial dejó un
vacío de instituciones políticas que fueron suplantadas por la importación de
instituciones del mundo moderno (europeo y norteamericano), lo cual creó
contradicciones entre una esfera social económica y cultural heterogénea y
desigual (la realidad) y una esfera política (formal, normativa) que construye
sobre la base de un principio que no podía ser operante en nuestro contexto: el
de que “todos los hombres nacen libres e iguales”, con el agravante de nuestra
incorporación al tejido económico mundial en una posición dependiente y
subordinada que necesariamente pone en entredicho nuestra capacidad de un desarrollo
político autónomo.
En la mayor parte de los países
hispanoamericanos, la crisis periódica del Estado, por la inconsistencia en su
estructuración arriba señalada, conllevó a un autoritarismo endémico. Para el
caso particular de Colombia, el reformismo constitucional fue el mecanismo de
conservación del sistema político, previniendo los cambios suscitados desde la
base popular, pero manteniendo inalterables las instituciones políticas que lo
sustentan. Aquí radica el elemento fundamental para el entendimiento de la
coexistencia del orden y la violencia en el sistema político colombiano y que
son parte integrante de nuestra cultura política.
La consecuencia inmediata del reformismo constitucional
en tanto prevención del cambio social es el culto del orden. Estabilidad
institucional y continuidad política, que las más de las veces se convierten en
la defensa del orden por el orden mismo, son los valores supremos, las deidades
en la cultura cívica de los gobernantes de Colombia, y ello a su vez ha hecho de
la violencia, de la guerra civil, tanto de la guerra de guerrillas, una
metodología política, una manera de hacer política y de participar en el debate
público. Aquí radica tal vez la clave
para descifrar esa coexistencia excepcional de la legalidad y la violencia
que distingue entre todos el régimen político colombiano (VALENCIA VILLA,
1.987. 45).
Otro
elemento interesante que a nuestro parecer pesa mucho en la estructuración del
imaginario político de los colombianos es el que trae a relación López de La
Roche, concerniente con el peso simbólico de la violencia y la privatización
del Estado. El primero generalizado como dirimente de la contienda política y
electoral, ampliamente ilustrado con el asesinato de connotados dirigentes
políticos y sindicales de izquierda y algunos candidatos a la presidencia, que
plantea desde ya la perpetuación de la intolerancia con otras variables
modernas y la vigencia del modelo de exclusión política bipartidista. El
segundo, presentando un Estado que no ha podido desprenderse de las ataduras de
las redes de poder que se crean al interior de la sociedad civil, tales como
los gremios económicos, que hacen prácticamente imposible la implementación de
políticas independientes en pos de la afirmación nacional. En la actualidad
también pesan los medios de comunicación, de carácter privado, en los cuales se
orientan valores de identidad promovidos por las élites, en un imaginario que
representa la manera de ver y entender los acontecimientos tanto del nivel
nacional como internacional para hacer causa común en la movilidad de la
opinión pública en uno o en otro sentido, acorde con determinados intereses, en
una lógica de desinformación bien manejada.
DEMOCRACIA
REPRESENTATIVA COMO OBSTÁCULO
Otro elemento que se constituye en una
constante estructural en el forjamiento de nuestra cultura política, está
referido a nuestra configuración como república independiente, en relación a
nuestra forma de organización política, siguiendo el modelo francés, que
sustenta los principios de soberanía
nacional e indivisible y en la adhesión a la democracia representativa, dos
elementos contradictorios en la estructura constitucional colombiana, puesto
que si la soberanía reside en la nación, al ella establecer un poder
representativo, queda inhabilitada de poder darse a sí misma la organización
constitucional que le parezca más adecuada, así pues, es el congreso el único
ente capacitado para tal fin, puesto que la relación política entre electores y
elegidos, como representación y no como mandato, establece algunas veces la
tiranía de los representantes para con los representados, al desarrollar desde
su posición de poder intereses particulares. Este elemento ha sido señalado por
Gargarella como “el principio de la
distinción” en su estudio de la sociedad norteamericana, analizando sus
comienzos como república independiente, hacia lo cual anota la inconsistencia
con la tradición del pensamiento republicano que reclama una activa
participación del ciudadano en los asuntos públicos “la principal defensa de
esta separación entre ciudadanos y representantes, entonces, no estuvo
relacionada con la imposibilidad de poner en práctica la democracia directa,
sino la decidida voluntad de dejar el gobierno en manos de unos pocos
representantes, libres de las presiones mayoritarias” (GARGARELLA,2.002, 79).
Este elemento representativo de la
democracia moderna no permite que el ciudadano verdaderamente participe del
proceso de la toma de decisiones, su participación solamente se restringe a la
participación electoral, esperando que los representantes elegidos tengan la
suficiente conciencia ética de gobernar a favor del interés general, en este sentido se cree que cualquier
injerencia de los ciudadanos sobre los representantes es sinónimo de corrupción
o de influencias fraudulentas del interés particular en el desarrollo de la
política, por ello en las reglas procedimentales de la democracia se establece
la prohibición del mandato imperativo que conecte a los representantes con los
representados, para evitar el favorecer determinados intereses, aspecto que
señalábamos anteriormente.
Hay
que manifestar sin embargo que uno de los principios que más sistemáticamente
ha sido violado en el contexto del desarrollo de las democracias es justamente
éste de la representación política, aunque no en el sentido de el mayor control
de los representantes por los representados para el mejoramiento de la acción
política, sino en el entendido de que el deber ser de los representantes del
Estado que es el de velar por el desarrollo de los intereses generales termina
siendo el de la representación de intereses de sectores particulares,
generalmente grandes grupos económicos o los provenientes de las oscuras
fuerzas que instrumentalizan el poder en su beneficio a través de deferentes
mecanismos, incluyendo el uso de la violencia del que se hablaba inicialmente.
Son recurrentes las denuncias que se hacen de la flagrante corrupción en los
funcionarios del Estado que han sido elegidos popularmente en un descarado
favorecimiento de intereses particulares.
Con relación al ítem anterior, Norberto
Bobbio en el Futuro de la Democracia se lamenta de aquellas cosas que prometió
la democracia y que la cruda realidad no dejó cumplir, él señala seis de lo que
denomina “falsas promesas”, una de
ellas es precisamente es lo que él nombra como “la representación de intereses” anotando que:
Jamás una norma constitucional ha sido tan violada como
la prohibición del mandato imperativo[18]; jamás un
principio ha sido tan menospreciado como el de la representación política. Pero
en una sociedad compuesta por grupos relativamente autónomos que luchan por la
supremacía de hacer valer sus intereses en contra de otros grupos, tal
principio ¿habría podido ser realizado?... ¿dónde podemos encontrar un
representante que no represente intereses particulares?... ¿pero, que es lo que
representa la disciplina de partido, sino una abierta violación a la
prohibición del mandato imperativo?” (BOBBIO, 2.007, 31 – 32)
En este sentido, la deformación que tiene
dicha violación, no va en el sendero de garantizar la recuperación para el
ciudadano de un papel protagónico en el quehacer político o vida política
nacional, sino en el sentido de la corrupción política que es uno de los males
endémicos de prácticamente ataca todos los sistemas democráticos, aunque
especialmente a los países en vías de desarrollo. Para nuestro contexto
tendríamos la tiranía de los representantes con el agravante de la corruptela,
sin que el ciudadano común sienta que pueda hacer algo, pues incluso se cierne
sobre él, si lo intenta, una desembozada violencia.
EL
CENTRALISMO
Un elemento que se suma al anterior y que
refuerza el carácter excluyente de nuestra formación política y que por lo
mismo determina el posicionamiento de los ciudadanos respecto de la estructura,
es el derivado del modelo político centralista que se instaura como dominante
que como forma organizacional del Estado, herencia del colonialismo, el cual va
en detrimento de las autonomías provinciales y que generó enconadas luchas
entre federalistas y centralistas en la mayor parte del territorio colombiano
durante casi todo el siglo XIX, hasta la instauración de la fórmula en 1.886 de
“centralización política y descentralización administrativa”, con el triunfo
del movimiento regenerador a la cabeza de Rafael Núñez, quien trató de
conciliar las dos vertientes de organización política conducentes a un mismo
proceso en la construcción del Estado Nación. De este aspecto resulta la elaboración de una constitución elitista,
la de 1.886, de más de un siglo de duración y al que va determinar la manera
cómo los ciudadanos se van a relacionar con el Estado y en gran medida crea las
condiciones para perpetuar la manera del quehacer político tanto de las élites
como las del ciudadano común.
El centralismo favorece principalmente los
intereses de las élites dominantes, de allí que esta formula se erigiera como
tabla de salvación de la república. Con
esta forma de organización se favorece la burocratización y jerarquización
del sistema político. El centralismo refuerza el carácter excluyente de la
forma republicana representativa que se establece en nuestro medio, puesto que
ayuda a consolidar el dominio de las élites a través de la instauración de un
modelo centralizado de dominio y representativo del poder político. Estos
elementos necesariamente influyen en la percepción del ciudadano del común
sobre la arquitectura política de la sociedad y del Estado, en el sentido de
prescribir el deber ser de la organización.
EL
PRESIDENCIALISMO
El presidencialismo también pesa en nuestra
tradición política y complementa la
república centralista. El presidente como jefe de gobierno electo cada cuatro
años desde 1910, está dotado de amplios poderes gubernativos y algunos de
excepción, constituyéndose en la cabeza más visible del Estado y en la
representación de toda la nación, en virtud de lo cual se guarda hacia el mismo
cierta actitud reverencial, que es perfectamente capitalizada para imponer
determinadas políticas, en donde no media ninguna concertación con todos los
sectores de la sociedad y la política. Si bien es cierto somos considerados la
democracia más firme, estable y duradera de América Latina, en comparación con
los regímenes de facto que se han instaurado en varios países del subcontinente,
también es cierto que el talante autoritario del presidencialismo nuestro no ha
hecho necesario recurrir a esta modalidad de gobierno, pues en gran medida los
estados de excepción revisten el corte de una dictadura civil, llegando incluso
a polarizar el entendimiento o comprensión de las relaciones políticas en el
medio de la opinión pública, en el sentido de no permitir oposición, ni
siquiera de los sectores tradicionales de la política nacional y, como es
obvio, mucho menos de los sectores que reivindican derechos y garantías para
los sectores populares o que defienden posiciones de izquierda, quienes
terminan siendo asesinados por obscuros
sectores.
El 17 de Agosto del año 2.010, en la
transmisión televisiva del debate en el Congreso de la República sobre la
continuidad de un funcionario del DAS (Departamento Administrativo de
Seguridad), adscrito a la presidencia y que fue el directo responsable de las
llamadas chuzadas o interceptaciones
telefónicas ilegales a congresistas de la oposición, a magistrados de las altas
cortes que habían estado comprometidos en fallos que el ejecutivo no compartió
y a otros personajes de la sociedad civil que en abierta oposición a las
iniciativas del gobierno sobre el no adelantamiento del diálogo con los grupos subversivos,
habían desarrollado acciones en favor de la recuperación de personas
secuestradas por la guerrilla. Llama la atención la intervención de la senadora
Piedad Córdoba, del partido liberal, quien denuncia ante esa corporación y en
presencia del entrante Ministro del Interior y de Justicia las persecuciones de
las que ha sido objeto por el DAS, además de los malos tratos recibidos por la
red de facebook y twitter y de lo que ella denomina “linchamiento público”,
refiriéndose a los malos tratos que casi rayan en La agresión física en muchos
aeropuertos nacionales e
internacionales, por el solo hecho de haber hecho oposición al saliente
gobierno, lo que ella considera como “el
sentido de la democracia y motor de la misma” y por los señalamientos públicos
del presidente, quien la calificó en más de una ocasión como “amiga de la narco
guerrilla”. En esta misma alocución la senadora denuncia el mismo sentido las
persecuciones para los representantes del partido Polo Democrático del sector
de la izquierda democrática. Lo que aquí se evidencia es la satanización del
adversario político y el gran sentido de intolerancia política hacia los
sectores de la oposición, apoyado todo esto en lo que deviene de la formación
política precedente y de la cultura política que se ha venido forjando en el
imaginario de los colombianos, no es gratuito que actuemos así y que nos
expresemos de los adversarios políticos en los términos en los que lo hacemos.
Lo que se debe preguntar es ¿a qué le
estamos haciendo el juego?, ¿qué es lo que se pierde para la democracia?,
¿Cuáles son los sectores que salen beneficiados con este tipo de posturas?,
¿Cuál debería ser la mejor manera de relacionarnos políticamente y que de paso
garantice la convivencia armónica y pacífica de todos, permitiendo el
desarrollo de las diferentes concepciones de vida buena?
La anterior situación tiene un punto de
quiebre desde el proceso mismo de elección de la Asamblea Nacional
Constituyente de 1.990, que elaboró una nueva constitución política que transformaría
el estatuto jurídico político de mayor durabilidad en el país, puesto que no se
le delegó esta tarea al Congreso, quien tenía la potestad para hacerlo, sino
que se optó, ante la presión ejercida por la sociedad que votó mayoritariamente
la iniciativa estudiantil de la séptima papeleta, por la conformación de una Asamblea Nacional
Constituyente, en la cual tuvo participación lo más variado de la sociedad
civil organizada, lo que, en gran medida, le imprime un nuevo dinamismo a la
arquitectura constitucional no visto en otras etapas de nuestra vida política,
pues se genera una construcción de abajo hacia arriba en el andamiaje
institucional, cuando tradicionalmente la conformación política estatal había
sido de carácter vertical y elitista y, de no haber sido por el fallo de la
corte Suprema de Justicia dándole vía libre a esta iniciativa, el proceso se
hubiese empantanado y habrían sido las tradicionales élites las que ejecutaran,
como siempre, el cambio constitucional
En la actualidad se asiste a un proceso de
modernización del país, dentro de los marcos del subdesarrollo y la dependencia
económico política; es evidente la urbanización y la secularización de las
relaciones entre la iglesia y el Estado, que tienden a minimizar el peso de la
religión en los asuntos políticos y en la adscripción y predisposición política
de los ciudadanos, que otrora acarreara
efectos tan funestos en el desarrollo de nuestro acontecer político; la
violencia pos frente nacionalista está enraizada en las fisuras del Estado y en
aquellas zonas donde la presencia del mismo es precaria se posibilita el avance
y consolidación de justicias privadas, cuyo efecto es la pérdida del monopolio
de la fuerza – función que debe ser competencia exclusiva del Estado –
erosionando la aplicación de la justicia y poniendo en entredicho al Estado
mismo, cuando sus funcionarios en busca de sacar alguna ganancia político
económica de la difusa situación, se han aliado o han cohonestado con las
actuaciones de estos oscuros sectores violentos, prueba de ello son los sonados
casos de la parapolítica, que han dejado a más de un congresista en la cárcel,
ante las contundentes evidencias.
El panorama actual, marcado por las
consecuencias de la apertura democrática y del establecimiento de la constitución
de 1.991, si bien ha ejecutado cambios en el tradicional esquema de formación y
consolidación de la cultura política nacional, abriendo posibilidades en la
ampliación del espectro político y en la oxigenación del sistema mismo, también
es cierto que el paso de una cultura política representativa y de subordinación
a una de participación y de mayores posibilidades de incidencia del ciudadano
en el proceso de toma de decisiones, todavía está por verse y, podríamos decir
que seguimos en proceso de construcción. Hay que señalar también que las nuevas
generaciones que acuden al proceso político de cambio que indicamos, no
vivieron en el contexto bipolar de la guerra fría, ni del derrumbe de los
regímenes socialistas, ni de los periodos presidenciales del permanente estado
de sitio, motivo por el cual no tienen una actitud más beligerante respecto de
la defensa de las conquistas democráticas del nuevo estatuto jurídico político
y del empoderamiento de los instrumentos que se crean para propiciar la
participación del pueblo en la toma de decisiones.
Lo interesante en la elaboración de la nueva carta política es que allí han tenido cabida disímiles ideas y
diferentes posturas teóricas, las cuales van a lograr, en su conjunto, un
ordenamiento más inclusivo y proclive al
establecimiento de medidas que protegen de alguna manera los intereses
generales, aunque dentro de los marcos de un modelo económico que se torna
hegemónico en el contexto internacional y que va más en la vía de la defensa de
los intereses particulares y de la defensa de la economía de mercado. No
obstante el primero de los elementos señalados va a propiciar la gestación de
condiciones para el ciudadano colombiano asuma una posición más activa en los
asuntos públicos con un carácter republicano, sin embargo, los inconvenientes
que la tradición histórica y el modelo político representativo han insuflado en el espíritu de los
colombianos, determinan un actitud pasiva e indiferente respecto de lo público,
lo cual no ha permitido que los cambios que se han establecido tengan una
verdadera operatividad y sean una
realidad efectiva que verdaderamente transforme la sociedad y sus
instituciones, amén de los engorrosos trámites que tienen los mecanismos de
participación política popular, que requieren de apropiados procesos de organización social, los cuales
no han estado presentes en la cultura política nacional.
El empoderamiento de la actual constitución
política por parte de la ciudadanía puede permitir la conformación de la
agencia política, en la cual la población del común, interesada en los asuntos
públicos, conmine a la clase política a ejercer el poder en favor de los
intereses generales, poniéndole freno a la corrupción, preservando el núcleo
básico de los valores sociales compartidos que garantizan la estabilidad social
y la coherencia de su formación. El ciudadano colombiano no puede sentarse a
esperar que la redención política llegue por obra de algún caudillo o adalid,
solamente la participación ciudadana y el copamiento de todos los espacios de
participación política son los que pueden construir la vía de superación de la
situación precedente, se requiere eso si de una alta dosis de educación
política y la valentía y el carácter de
querer participar de manera autónoma y con el horizonte de construir una
verdadera comunidad republicana.
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* Jaime Calero Sanz, Licenciado en
Historia de la Universidad del Valle (Cali – Colombia), Especialista en
Docencia Universitaria de la Universidad
del Valle, Magíster en Estudios Políticos de la Pontificia Universidad
Javeriana, seccional Cali; profesor del programa académico de Licenciatura en
Historia de la Universidad del Valle (Buga – Colombia), profesor de las áreas
de Ciencias Sociales y Humanidades en la misma Universidad, miembro del equipo
de Cátedra y su Grupo de Investigación en Ética y Política y profesor de la
Institución Educativa Narciso Cabal
Salcedo, adscrita a la Alcaldía de Guadalajara de Buga.
[1] La ciudadanía deliberativa implica la conformación de la agencia
política, en la cual el individuo tiene la disposición de participar
políticamente y el medio jurídico político le brinda todas las garantías para
hacerlo, lo que permite tramitar las demandas sociales en los espacios de
concertación que la sociedad institucionalmente ha creado. Este mecanismo
resulta particularmente importante en sociedades multiculturales y
multiétnicas, lo que Rubio Carracedo define como Ciudadanía compleja. Véase
RUBIO CARRACEDO, José. Modelos de ciudadanía: liberal, republicana y compleja.
En: Republicanismo contemporáneo: igualdad, democracia deliberativa y
ciudadanía, HERNANDEZ, Andrés (compilador). Bogotá: Siglo del Hombre Editores,
2002.
[2] En el sentido de no estar a merced de la voluntad arbitraria de
otros o que la voluntad arbitraria de otros pueda realizarse (ausencia de
coerción en un entorno social, con la seguridad de no ser interferido y con la
capacidad de mirar de frente a los demás). Pettit es uno de los primeros en
enunciar la libertad como no dominación, mostrando otra vía a las concepciones
anteriores de libertad negativa, positiva y como no interferencia. Es frente a
esta concepción donde el republicanismo, entendido como teoría de la libertad
como no dominación, encuentra su actualidad contemporánea. Se puede presentar
falta de libertad en ausencia de interferencia, cuando los sujetos son
dependientes o están sujetos a una voluntad externa. Lo interesante en Pettit,
uno de los defensores de esta postura, es que la defensa de tal libertad tiene
carácter universal, sin que la pretensión lo sea solo para una élite. Véase PETTIT, P. Republicanismo: una teoría
sobre la libertad y el gobierno. Barcelona: Paidós, 1999.
[3] Véase al respecto, en este mismo trabajo, los escritos de
ALVAREZ William y GARZON John Jairo, alrededor de la problemática del debate
entre las corrientes liberales -
comunitaristas y la emergencia de la propuesta republicana.
[4] Norberto Bobbio en “El futuro de la democracia” realiza un balance
sobre el estado actual de la democracia, exponiendo lo que él denomina como la prohibición del
mandato imperativo, como una de las falsas promesas del sistema, en
el sentido de que no existe un principio mas sistemáticamente violentado por
las nefastas conexiones del interés particular con los representantes electos.
Véase BOBBIO, Norberto. El futuro de la democracia. Bogotá: Fondo de Cultura
Económico, 1996, pág. 30-32
[5] Hay que tener en cuenta la nutrida participación ciudadana en
los 32 departamentos del país, con más de 200.000 proposiciones sobre diversos temas: salud, educación,
sistema político, derechos étnicos, derechos al trabajo, la política de
salarios, entre otros temas, los cuales fueron acogidos por la Asamblea
Nacional Constituyente. Las propuestas provenían mayoritariamente de individuos (83.107), seguidos de organizaciones
cívicas y comunitarias (11.768), instituciones académicas (3.025), Juntas de
Acción Comunal (1.739), organizaciones de profesionales (1.574), Sindicatos (1.384), partidos y movimientos políticos (1.000),
organismos de empresarios (634), organizaciones religiosas (573),
organizaciones étnicas (386), cooperativas (279), organizaciones culturales y
deportivas (278). Cfr.
Virginie Laurent (1993). L’assemblée Nationale Constituante Colombienne
de 1991. Itinéraire d’un
projec. Memoria de diploma dirigido por Christian Gross. París,
Instituto de Altos Estudios de América Latina.
[6] Retomando a los pioneros del estudio de la cultura política, los
norteamericanos Gabriel Almond y Sidney Verba. La Cultura Política se refiere
al conjunto de orientaciones que predomina entre las gentes de un territorio
dado, con respecto a la política y a la ubicación y papel del propio yo en el
mundo político. Estos autores tienen en
cuenta las orientaciones sicológicas de los miembros de una sociedad, en
relación con la política, distinguiendo tres tipos de orientaciones o modos en
que se pueden ver los hechos y las relaciones políticas: orientación
cognoscitiva, la orientación de tipo afectivo y la orientación evaluativa. ALMOND. Gabriel y VERBA, Sidney. The
civic culture. Princeton University Press, 1.963
[7] La descripción del funcionamiento de un sistema político es algo
complejo, dado que la unidad de análisis para explicarlo es “el poder” y éste
se constituye y ejecuta en las relaciones sociales y prácticas de clase y el
papel del poder y de la autoridad están relacionados con la adquisición,
mantenimiento y ejercicio del mismo. Al respecto Michell anota: “los papeles
políticos guardan relación con el proceso de adopción de decisiones en nombre
de la sociedad, así como la realización de los actos necesarios para la
ejecución de dichas decisiones y la asignación de los bienes y de los costos.
El conjunto de estos papeles y el comportamiento consiguiente constituyen el
sistema político” MITCHELL, William. Sistemas políticos. En: Enciclopedia
Internacional de las Ciencias Sociales. Madrid : Aguilar, 1.979, pág. 723.
[8] Véase al respecto a TIRADO MEJÍA, Álvaro. El Estado y la
política en el siglo XIX. En: Nueva Historia de Colombia, volumen 2: La era
republicana. Bogotá: Planeta, 1.989. pp. 155- 179.
[9] HENAO, José María y ARRUBLA, Gerardo. Historia de Colombia.
Bogotá: Camacho Roldán, 1926.
[10] GUILLÉN, en la obra citada. Capítulo IX, Numeral 10: El clero,
burocracia de enlace. pp. 484-492, destaca el papel socializador de la
burocracia religiosa católica como enlace entre los principios culturales de la
élite y su interiorización en el estamento popular.
[11] Véase también PECAUT, Daniel. Orden y violencia: Colombia 1.930 –
1.954, Vol. I. Bogotá: Siglo XXI, 1.987, pág. 85 - 86
[12] Por régimen republicano se entiende aquel que reconoce y defiende la importancia de la
participación ciudadana en los asuntos públicos, con las suficientes virtudes
cívicas para actuar en aras de la promoción del interés general y de paso
ayudando al desarrollo de intereses individuales, aquí nos estaríamos
adentrando en un terreno donde la autoridad pierde toda su omnipotencia y se
constituye en un ente maleable y moldeable, de acuerdo a las dinámicas de los
enfrentamientos de intereses que efectivamente se operan en la sociedad. Lo que
a primera vista puede verse como un caos; pero si entendemos que por sobre
todas las cosas la autoridad está para el aseguramiento, estabilidad, seguridad
y permanencia del todo social, la lucha
entonces tiene un norte muy bien definido, que supera de manera dialéctica y
por vía ordenada el enfrentamiento de intereses.
[13] Véase GONZÁLES Fernán. Iglesia católica y Estado colombiano.
En: Nueva Historia de Colombia. Tomo II. Bogotá, Planeta, 1.989.
[14] Véase
MELO, Jorge Orlando. La Constitución de 1.886. en: Nueva Historia
de Colombia, tomo I. Bogotá, Planeta, 1.989.
[15] GONZÁLES Fernán. Aproximación a la configuración política de
Colombia. En: Controversia Nº 154, Vol. II: Un país en construcción: Estado,
instituciones y cultura política. Bogotá, CINEP, 1.978, pag. 21 y 22.
[16] Periódico El Tiempo, domingo 16 de mayo de 2.010, pág. 1 y 6
[17] VALENCIA VILLA, Hernando. Cartas de batalla: una crítica del
constitucionalismo colombiano. Bogotá: Editorial Presencia, 1.987 segunda parte, Capítulo V y VI
[18] Entendido este como la acción a través de la cual el
representante que habiendo sido elegido para representar los intereses de la
comunidad, pasa a representar intereses particulares de grupos y sectores con
los que de alguna manera está
comprometido.
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